Os he contado alguna vez que en Valtiendas los domingos de verano se decía que eran viejos, no sé si era una prerrogativa de la Iglesia o de la autoridad competente, para poder trabajar en las tareas del campo, las tareas que eran sí que las conocéis... Eso sí, había que ir a misa que era misa rezada, no cantada, y por lo tanto era corta.
San Pedro, Santiago, Nuestra Señora de la Asunción y San Roque sí que eran festivos. Bueno pues el día de Santiago las familias merendaban en la bodega o al menos yo recuerdo ver subir a las familias con las viandas en la cesta. Nosotros merendábamos en casa, a la abuela Josefa no le gustaba subir a la bodega.
La merienda era bonito de lata a granel - que vendía la señora María- acompañado de huevo duro, cebolla, pimiento verde, sobria pero singular.
Después quedaba el baile en la plaza, el tio Primo y su hijo amenizaban la tarde.
Mercedes y yo convinimos ir a Valtiendas en el albarrán el martes día 19 de mayo, aunque ya sabíamos que había dejado de dar servicio a Valtiendas, los motivos los desconocemos.
Llegamos a Mendez Álvaro, nos acercamos a la taquilla y pedimos cada una un billete para Sacramenia. El trayecto fue normal -sin bocadillo-al llegar a Sepulveda entra el coche de línea hasta el espacio donde tiene la parada y se apean cuatro personas, da un giro y vuelve sobre sus pasos a coger la carretera en dirección a Peñafiel. Después de 25 o 30 kilómetros llega a Fuentesoto y a la salida del pueblo hace un giro y vuelve a desandar lo andado y enfila en dirección a Valtiendas. La alegría que sentimos Mercedes y yo fue inmensa, a punto estuvimos de ponernos a saltar y aplaudir, pero ni la joven pasajera ni el conductor se percataron. Llegar a Valtiendas en el albarrán era mi ilusión cumplida, real no virtual. El jueves día 19, que volvíamos a Madrid, nos acercamos a la parada para ver pasar al coche en dirección a Peñafiel y, decepción, no pasó. Así que a las tres de la tarde Pepe Galindo nos acercó al empalme con una impotecia apenas controlada por nuestra parte.
Al pagar el billete le digo al conductor que nos ha dado plantón y me contesta que sólo pasa los martes por Valtiendas! por Dios, si sólo se tardan cinco minutos en bajar y volver a subir! escaso espíritu de solidaridad ante la petición de los vecinos de Valtiendas para compartir el servicio del coche de línea.
Escrito y sentido desde Palma a dos de junio de dos mil once.
En los años cincuenta, Valtiendas perdió la oportunidad y el derecho de estar comunicada con Madrid y Peñafiel. Claro, que quienes estuviesen en el tema no tenían ni idea de que muy pronto la mayoría de los valtiendanos y valtiendanas nos íbamos a ir a Madrid a buscar trabajo y que tendríamos que ir al empalme de Fuentesoto a coger el albarrán, con la maleta, andando o con el burro, o en el carro y más tarde en el coche de algún familiar.
Algunos tardaron muchos años en volver, otros lo hacíamos a menudo. Con el tiempo se empezaron a comprar coches y ya no hacía tanta falta el albarrán.
Pero ahora nos vamos haciendo mayores y puede ocurrir que sea más cómodo y seguro el coche de línea, el albarrán, también es una buena opción para ir a Peñafiel a hacer la compra u otras gestiones.
Así que es una buenísima noticia que el albarrán pase por Valtiendas. El día veintidós de marzo que es San Bienvenido Obispo según el santoral, debe ser un día señalado para todos nosotros.
Si yo estuviera en Madrid, esta mañana habría ido a la estación de Méndez Álvaro a coger el albarrán, junto a Miguel, Mercedes, Carlos, Pepe, Marcela y demás pasajeros.
Con un bocadillo de jamón para comerlo al pasar por Buitrago. No habría parado de hablar durante el viaje, por ejemplo del primer viaje que hice a Madrid con la prima Bea, fue después de las vendimias gracias al dinero que ganamos vendimiando para el tio Modesto.
A todos los que hayáis ido hoy a Valtiendas en el coche de línea y a los que salgáis a verlos llegar, ¡felicidades!, a mí me reserváis un asiento.
Pero mejor, ¡espere señor conductor! ¡no arranque que estoy llegando!
Escrito en Palma a, veintidós de marzo de dos mil once, Concha
Al fin nuestro padre, vuestro abuelo, compró otro burro, más grande y más feo que el Buche. Ya no había que pedir el burro a nadie. Ya teníamos la yunta. El burro grande ocupó el otro pesebre, recordáis que os conté que en la cuadra había dos pesebres. Ni siquiera recuerdo que le pusiéramos nombre, era el burro de Sacramenia porque fue allí donde lo compró nuestro padre, era tan alto, tan viejo, ¡pobre burro!.
En este creo que nunca me subí, mi preferido era el Buche, unque me tirase al suelo más de una vez, era muy tozudo, creo que en lo de la tozudez nos parecíamos bastante. Me hice mayor, casi dieciséis años, y me fui a Madrid, cuando volvía a Valtiendas enseguida iba a la cuadra a ver al Buche, para ver si tenía pienso y la bola de sal, que lamía cuando tenía sed.
El buche sobrevivió al burro de Sacramenia. Vivió casi toda su vida con sus amos, cambiaron de casa y de cuadra, a la que hicieron nuestros padres, pared con pared de la casa de la abuela Marcela, aunque el corral seguía siendo el mismo.
Los hijos nos fuimos yendo pero ellos permanecieron en Valtiendas. El Buche no acabó sus días en la cuadra como seguro hubiera deseado, cuando nuestro padre, vuestro abuelo, se jubiló vendió el Buche a unos gitanos que se habían instalado en Fuentesoto. No supe cómo fue su final , han pasado tantos años y aun me acuerdo de él.
En parte fue por mí que el abuelo se deshiciera del Buche, pues al jubilarse se vinieron a Palma para cuidar a Marcelita y después a Mónica. Cuándo nació Elena María, en abril de mil novecientos ochenta y uno, ya se habían ido a Valtiendas muy a pesar de nuestra madre y abuela. Venían de noviembre a marzo.
La abuela ya no volvió, el abuelo sí lo hizo años más tarde. Como el abuelo decía que no venían porque eran mayores íbamos nosotros cada verano. Creo que disfrutábamos todos por igual.
Escrito con bolígrafo en Palma a veinte de enero de dos mil diez.
El día quince de marzo, San Raimundo de Fitero Obispo, era el Cumpleaños de nuestro padre, el abuelo Raimundo. No recuerdo, cuándo eramos niños, si se deseaba un buen día y el Feliz Cumpleaños, o si se tiraba de las orejas, con un tirón por cada año cumplido.
Sí, claro que sí, según voy escribiendo me acuerdo, con doña Gregoria, la maestra, aprendimos a hacer Felicitaciones, como las de ahora, consistía en arrancar una hoja del cuaderno, esta la cortabas por la mitad y se doblaba, por fuera dibujabas un flor, un pájaro, algo bonito y se pintaba de colorines, por dentro escribías cosas como estas:
Esta mañana temprano cantaban las golondrinas y en su cántico decían que pases un buen día.
o esta otra...
Si tuviera mil pesetas contigo las partiría pero como no las tengo te felicito los días.
Mi recuerdo no alcanza a si se lo deseabamos a los padres o solo era cosa de pequeños.
Si era para los padres, teníamos mucho trabajo en estos días, porque el día diecinueve, San José, era el Santo y el Cumpleaños de nuestra madre, la abuela Josefa. A ella era más fácil llegar a darle un beso o un tirón de orejas por cada año que tenía. Era infinitamente feliz cuando más tarde en el tiempo , podía invitar a tomar chocolate a sus vecinas e hijos, que siempre había alguno para ayudarla a hacer el chocolate. Ella nos dejó el legado de hacer chocolate cuando algún familiar cumple años.
Un día frío, aunque no lo han anunciado en ningún informativo de la televisión ni en el parte de radio Nacional, porque no se habían inventado.
Según iba entrando la mañana los chiquillos de la cuesta salíamos de casa a la llamada de la señora Justa.
Nos decía: "Mirad, la cigüeña ya ha vuelto a la torre de la Iglesia, a su nido. "
Eran unos momentos de emoción incontrolada, ¡qué bien se la veía desde la cuesta!. Tener de nuevo a la cigüeña entre nosotros, viéndola ir y venir del nido al prado, o a donde quisiera, que para eso era libre y tenía alas para volar, que no es poca cosa.
Se había marchado un día, sin hacer ruido, volaba a otras tierras más cálidas. También, cuando hacía ese ruido tan peculiar, cuando crotoraba, decíamos "la cigüeña esta machacando el ajo".
Si volvía ahora a la torre, a su nido, era porque ya íbamos dejando atrás el frío, los días cortos y la nieve. Si la cigüeña no llegaba era porque aún haría más frío y habría días de nieve.
De ahí el refrán: Para San Blas la cigüeña verás si no la vieres, año de nieves.
En los años sesenta, en los pueblos pequeños de Castilla la Vieja que no tenían industria y cuyos únicos ingresos provenían de los cereales como el trigo y la cebada (en Valtiendas también el vino y algo de ganadería -ovejas churras-) llegó el momento en que las chicas decidimos salir del pueblo hacia las grandes ciudades, Madrid, Barcelona…, después los chicos.
No sé si el motivo fue que empezó a aparecer la maquinaria agrícola en nuestros campos y no hacía tanta falta la mano de obra o es que llegó la hora de conocer mundo y disfrutar de las ventajas que ofrecía la Ciudad, con mayores oportunidades para cumplir nuestras inquietudes. Tras la juventud se fueron los mayores con sus hijos aun adolescentes. Y acabó mecanizándose el campo.
Animales tales como machos, mulas, burros incluso vacas, dejaron de ser imprescindibles en las tareas del campo y poco a poco fueron desapareciendo. También por los años sesenta, mejor dicho hasta los años sesenta, junto con las personas y los animales domésticos convivían los gorriones, pájaros pequeños de plumaje castaño, que revoloteaban alrededor de las casas, tejados y corrales. Entre las gallinas comían los granos de trigo que estas no veían o no podían picotear porque caían entre las piedras. También comían minúsculas migas de pan y bebían agua de la pila que compartían con las gallinas del corral.
Los nidos los tenían al resguardo de las amenazas, lejos del alcance de los niños. Cuando llegaba la hora de arrancar las algarrobas y los yeros, el alimento de las ovejas -era por San Pedro - en los surcos nos encontrábamos los nidos de los gorriones, por supuesto los mayores nos decían que había que respetarlos y nos hacían dejar unas matas de los yeros alrededor del nido para protegerlo y que no se muriesen de calor, además eso facilitaba que sus padres pudieran orientarse.
En la era, cuando la trilla y la bielda, también estaban presentes y si había llovido cuatro gotas picoteaban las raíces del trigo. Los gorriones eran parte del paisaje, de la vida del campo. Pero había chicos traviesos que en vez de disfrutar con la presencia de los gorriones, les ponían ratoneras o cepos y hacían apuestas para ver quien cazaba más. Con el tirachinas tenían buena puntería, se les veía por los huertos, entre la arboleda, por cualquier zona del pueblo, todas eran buenas si allí había gorriones.
Los gorriones estaban incluso en la celebración de la misa de Navidad, en el momento de la Adoración al Niño soltaban un gorrión, tenía un cariz emotivo y original que atraía la atención y admiración de todos los presentes. Incluso sigue viva esa sensación al recordarlo después de tanto tiempo. Cuando todo esto acontecía se inicio la despoblación. Los gorriones corrieron la misma suerte .No quedaban ni migas de pan, ni trigo, ni agua en la pila, tampoco aves en el corral, por el arroyo no bajaba ni una gota de agua, pues se canalizó para llevarlo a las casa que aún quedaban abiertas.
Los huertos no se labraron, en las eras tampoco había trigo, ni raíces para picotear, porque el trigo se llevaba de la tierra a los silos. Me gustaría que alguien me dijera hacia donde se dirigieron los gorriones, que lugar eligieron en su trashumancia ¿Se irían a la Europa del Este aún sin mecanizar?, ¿Al continente Africano?, ¿O tal vez a América Latina?...
Al cabo de veinte años aproximadamente, con la llegada de los ochenta, empezaron a volver los valtiendanos al pueblo, fue lo que tardaron en pagar el piso adquirido en la ciudad, criar a los hijos y darle los estudios obligatorios y carrera a los capacitados que por suerte fueron muchos. Los padres repararon y acondicionaron las casas del pueblo, en las cuadras se hicieron cuartos de baño, en los corrales patios de cemento y se pavimentaron las calles. Después fueron los hijos con sus hijos. Actualmente en verano hay casi tantos valtiendanos -porque así se sienten- como antes durante todo el año.
Ahora llegamos donde yo quería llegar, los gorriones han vuelto al pueblo, ¿serán los descendientes de los gorriones que emigraron que les explicarían la historia y les aconsejarían que cuando pasaran las adversidades que a ellos les hicieron emigrar volvieran a aquel valle pequeño y hospitalario porque serían bien recibidos?. Lo cierto es que ya llevan unos años por aquí, este verano hay muchos gorriones en este pueblo entrañable y resurgido de un aparente abandono. He visto a los gorriones en el tejado, bebiendo agua de la misma pila de piedra que yo me encargo de llenar cada mañana, y en los árboles que lucen en la orilla del camino. No hay corral, pero ellos no lo echan de menos porque no lo conocieron. Por la mañana también les echamos pan desmigado y ellos se lo comen tan felices. Yo necesito pararme a contemplarlos porque me llenan de alegría y de buenos recuerdos. A mis hijas también les estoy inculcando el amor a los gorriones y a este pueblo.