Este cuaderno grande me permite escribir en su hojas en
blanco recuerdos de mi niñez. Así que el relato sigue estando relacionado con
las cepas y el vino en Valtiendas.
La Ladera entre Valdesebastián y
Valdehierro había sido tierra de viñedo desde mucho tiempo atrás. Ya en nuestra
niñez estaba en proceso de extinción y poco a poco las cepas fueron
desapareciendo del entorno. La cercanía con el pueblo facilitaría a nuestros
antepasados la tarea de labrar las viñas, que sería empleando sus manos y su
fuerza, con el pico, el azadón, la azadilla… arar sería complicado por la
pendiente del terreno. Ganado para labrar sí que tenían; la casa de nuestra
Abuela tenía la cuadra dentro del Cuerpo de Casa, y en la cuadra había un
pesebre largo y otro más pequeño.
Llegado el momento, quizá porque
aumentara la población o porque fueron abandonando los oficios de artesano, que
debía ser la fuente de ingresos de las familias, o porque pensaran que era
posible, se lanzaron a plantar viñedos en parte de la gran llanura que es el
Campo de Valtiendas y el Caserío. En el cultivo de la vid ya tenían experiencia,
era pasar de un espacio limitado como era la Ladera, cercano, de difícil acceso,
de tierra pobre, eso sí, al abrigo de las inclemencias del tiempo, a pasar a la
tierra entre marrón y rojiza, llena de guijarros, más alejada del pueblo y
también más expuesta a los fenómenos atmosféricos.
Es probable que los palos de las cepas de
la Ladera sirvieran para plantarlos e injertarlos hasta hacerse cepas. Cepas
que tardaban muchos años en dar fruto.
En la falda de la Ladera hay un camino,
aunque ya por entonces era poco transitado, otro camino al pie de de la Ladera
más frecuentado y una regadera que corría el agua. Camino y regadera bordeaban
la Ladera. La Tía Marcela recuerda que también una senda subía empinada hasta
el cerro, alguna vez la subimos para ir a arrancar yeros y también a espigar.
En la ladera quedaba alguna cepa vieja,
también algún corro de cepas que sus dueños todavía arreglaban. Se conservaban
almendros, algunos árboles frutales, morales que daban moras santiagueñas. Mis
recuerdos de la Ladera son de cuando íbamos a coger moras con un bote o un puchero
de barro, cada una el suyo, que a veces se nos rompía. Siempre íbamos a moras
tres o cuatro amigas, éramos pequeñas pero muy decididas , para llegar a las
moras más altas, que eran las mejores, había que saltar paredes, subirse al
risco, separar con un palo los tallos que impedían acceder a las moras.
Llegábamos a casa llenas de arañazos o rasguños, como se quiera decir, en
brazos y piernas, también algún rasgón en el vestidillo. Alguna vez hacíamos
excursión al Colmenar de Mariluz, que estaba y sigue estando en la Ladera, por
el camino cruzaba algún que otro lagarto que iba de peñasco en peñasco, el
sobresalto al verlo era de quedarse sin respiración.
Hoy leo en el Taco: No te empeñes en ser conocido, sino en
alguien a quien valga la pena conocer. Alberto Buscaglia
Palma a 30 de junio de 2016