19 de enero de 2017

DE LOS COTARRILLOS A LOS BLANCARES

Raimundo y nietos 
  Siempre pensé que antes de que las cepas de la Cerca dejaran de dar uva nuestros abuelos habían puesto cepas en el llano, allí en los Cotarrillos, pero este verano mis hermanas me han dicho que fue nuestro padre quién plantó el majuelo. Y a éste majuelo es al que íbamos por orden de edad cuando nuestro padre acudía a realizar trabajos, para llevarle el almuerzo, arrancar alguna hierba, estar pendiente del burro o cuidar del ropero. Yo a veces me quedaba hasta el atardecer para volver a casa montada en el burro y no tener que ir andando.
       Los trabajos que realizaba nuestro padre se daban en el tiempo en el que se cavaba para retirar la tierra que rodea el tronco de la cepa y echar el estiércol que se generaba en la cuadra y el corral. ¡Claro que se reciclaba todo! Antes lo llamábamos "la basura" pero con el tiempo hemos visto el sentido que se le da a esta palabra así que me quedo con "estiércol". Nuestro padre llevaba el estiércol hasta el majuelo en la caja del carro y con el conacho se iba echando alrededor del tronco, esta tarea podía recaer en los chavales así que tocaba ir por lo menos dos para agarrar de un asa cada uno. Después el abuelo tenía que acollar, que era volver a arrimar la tierra al tronco para cubrir el estiércol y abrigar a la cepa. La herramienta para cavar y acollar era el azadón.
        Una vez alrededor de San Pedro, el abuelo, nuestro padre, a la tía Marcela y a mi nos mandó ir al majuelo a por los "gavilanes" (herramienta de labranza), que se le habían olvidado el día anterior, indicándonos exactamente el sitio dónde estaban, los recogimos, los dejamos debajo del guindal que había en el majuelo  y nos pusimos a coger guindas ¡Qué bien se nos daba subir al guindal! Bueno,  pues llegamos a casa sin los gavilanes, volvimos a buscarlos pero ya no estaban. Tras la reprimenda nuestro progenitor nos mandó ir a coger yerba para los conejos y por nuestra parte rogamos a San Pedro para que padre nos dejase ir a la fiesta de Fuentesoto.
   El majuelo de los Blancares lo plantó más tarde pero aun siendo joven, los hoyos los hacía con el pico y la pala en invierno, el terreno era y es un guijarral así que es fácil pensar que el esfuerzo era tremendo, un hoyo tras otro, las cepas se hicieron enormes y los racimos grandes, con pocos se llenaba el conacho, la mayoría de las cepas eran valencianas, uva negra y gorda. A este majuelo solo recuerdo haber ido a sarmentar y a vendimiar .                          
   Nuestro padre, vuestro abuelo, era injertador ¡Cuántas cepas habrá injertado en Valtiendas y pueblos colindantes! Recuerdo verle sentado en una banqueta allí en el corral al atardecer junto a un haz de palos o sarmientos, un caldero de cinc con agua y su tranchete (que acabó desgastado) de hacer pipas. Y a hacer pipa tras pipa para al día siguiente ir a injertar donde le hubieran encargado. Me gustaría escribir sobre esta labor que nuestro padre con destreza y habilidad desarrolló tantas veces, pero no llegué a conocerlo bien.

La señora maestra, Dª Gregoria, nos decía que si hubieran hecho la Cooperativa antes la gente no se habría ido del pueblo ¿tendría razón?. Sería interesante que en Valtiendas se creara un Centro de Interpretación del Vino. Gente que pueda aportar experiencia hay, y legado también.

De la Ribera: "El que quiera ver viña vieja convertida en moza, podala con hoja."
 Hoy dice el calendario: "Conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo. Saldrás victorioso en cien batallas". Sun Tzu.
En Palma a, diez de enero de 2017.

24 de noviembre de 2016

La Cerca

  La Cerca de nuestra abuela Marcela está entre dos laderas: la de Maracuera y la de Valdesebastián. Sostiene a ambas laderas y estas al mismo tiempo la protegen, además tiene una pared que la rodea con dos salidas o entradas. En medio de la cerca, en la hondonada, la tierra es tirando a húmeda, debe pasar agua a muy poca profundidad.

  De pequeña me imaginaba que la Cerca era como un barco muy grande, aún sin saber nada de barcos más que los que veía en la enciclopedia Álvarez de primer o segundo grado, las tres carabelas de Cristóbal Colón y los barcos de la Armada Invencible de Felipe II .

  El acceso a la Cerca era por la calle del Arrabal a coger el camino que bordeaba la ladera de Maracuera o bien atravesando la tierra del tio Perez hasta encontrar el camino del Arroyo, son las dos entradas que aún permanecen.



  Sabíamos por nuestro padre que la Cerca había sido viña y que sus mayores la labraban y cosechaban su fruto. Las herramientas que utilizaban para realizar las labores ya las conocemos y las condiciones del terreno también, carencias que ellos contrarrestaban con su fuerza, conocimiento y sabiduría.

   Acarrear la uva puede ser que lo hicieran poniendo a lomos del burro un cesto a cada lado sujetos con una harpillera,  ¡cuántas idas y venidas de la Cerca a la Lagareta cruzando el pueblo hasta la ladera de las bodegas!

  Nosotros, descendientes de aquellos hombres recios, llegamos a ver en un trozo de la Cerca cepas con algunos racimos de uvas, también un manzano enano, unos ciruelos que daban ciruelas claudias que llevábamos en la cestilla para tomar pan en la era durante la trilla, algunos almendros, un rosal silvestre con rosas blancas y un limoncillo, arbusto que daba un fruto redondo y pequeño con un ligero sabor ácido.
  
  En primavera entre el trigo crecían florecillas amarillas, campanillas, tenían una vida muy corta que mientras duraba competían con el verdor incipiente del trigo o de la avena que era el grano que nuestro padre, vuestro abuelo, sembraba en la cerca.

  A la Cerca íbamos andando, cruzando el arroyo al final de los huertos en la orilla izquierda, desde allí salía una pared que llegaba hasta la entrada a la Cerca, subíamos y bajábamos pegados a la pared para no meternos en el trigo que sembraban en la tierra. Después seguimos yendo en alguna ocasión… este verano hicimos Miguel y yo una excursión a la Cerca,  yo con mis recuerdos de la infancia ahora disfrutando del sosiego que produce la visión de una mata de tomillo, otra de aulaga o de jalvia y las propias que crecen en una tierra en ladera que no se labra. La hondonada, poblada de escaramujo (dice el diccionario "rosales silvestres de flores encarnadas y fruto en baya oval roja"), destaca con su colorido y frondosidad. 

Hoy dice el taco ¿Qué es la paz espiritual? Mira a un gato haciendo la siesta y lo sabrás. Alejandro Jodorowsky

En Palma a catorce de noviembre de dos mil dieciséis

6 de julio de 2016

LA LADERA

Este cuaderno grande me permite escribir en su hojas en blanco recuerdos de mi niñez. Así que el relato sigue estando relacionado con las cepas y el vino en Valtiendas.  



    
    La Ladera entre Valdesebastián y Valdehierro había sido tierra de viñedo desde mucho tiempo atrás. Ya en nuestra niñez estaba en proceso de extinción  y poco a poco las cepas fueron desapareciendo del entorno. La cercanía con el pueblo facilitaría a nuestros antepasados la tarea de labrar las viñas, que sería empleando sus manos y su fuerza, con el pico, el azadón, la azadilla… arar sería complicado por la pendiente del terreno. Ganado para labrar sí que tenían; la casa de nuestra Abuela tenía la cuadra dentro del Cuerpo de Casa, y en la cuadra había un pesebre largo y otro más pequeño.

    Llegado el momento, quizá porque aumentara la población o porque fueron abandonando los oficios de artesano, que debía ser la fuente de ingresos de las familias, o porque pensaran que era posible, se lanzaron a plantar viñedos en parte de la gran llanura que es el Campo de Valtiendas y el Caserío. En el cultivo de la vid ya tenían experiencia, era pasar de un espacio limitado como era la Ladera, cercano, de difícil acceso, de tierra pobre, eso sí, al abrigo de las inclemencias del tiempo, a pasar a la tierra entre marrón y rojiza, llena de guijarros, más alejada del pueblo y también más expuesta a los fenómenos atmosféricos.
    Es probable que los palos de las cepas de la Ladera sirvieran para plantarlos e injertarlos hasta hacerse cepas. Cepas que tardaban muchos años en dar fruto.

    En la falda de la Ladera hay un camino, aunque ya por entonces era poco transitado, otro camino al pie de de la Ladera más frecuentado y una regadera que corría el agua. Camino y regadera bordeaban la Ladera. La Tía Marcela recuerda que también una senda subía empinada hasta el cerro, alguna vez la subimos para ir a arrancar yeros y también a espigar.

    En la ladera quedaba alguna cepa vieja, también algún corro de cepas que sus dueños todavía arreglaban. Se conservaban almendros, algunos árboles frutales, morales que daban moras santiagueñas. Mis recuerdos de la Ladera son de cuando íbamos a coger moras con un bote o un puchero de barro, cada una el suyo, que a veces se nos rompía. Siempre íbamos a moras tres o cuatro amigas, éramos pequeñas pero muy decididas , para llegar a las moras más altas, que eran las mejores, había que saltar paredes, subirse al risco, separar con un palo los tallos que impedían acceder a las moras. Llegábamos a casa llenas de arañazos o rasguños, como se quiera decir, en brazos y piernas, también algún rasgón en el vestidillo. Alguna vez hacíamos excursión al Colmenar de Mariluz, que estaba y sigue estando en la Ladera, por el camino cruzaba algún que otro lagarto que iba de peñasco en peñasco, el sobresalto al verlo era de quedarse sin respiración. 

Hoy leo en el Taco: No te empeñes en ser conocido, sino en alguien a quien valga la pena conocer. Alberto Buscaglia  


Palma a 30 de junio de 2016

23 de marzo de 2016

LA PODA DE LAS CEPAS Y SARMENTAR

Foto de Isidro Iglesias
En el capítulo anterior hago referencia a la tarea de sarmentar, ahora me voy a extender un poco más.

   Por enero cada año ya empezaban los hombres a podar las cepas con la tijera de podar y sus manos, creo que la tarea de podar no ha evolucionado mucho, quizá actualmente sea más cómodo al ser las cepas altas. Con la poda la cepa queda desmochada y los sarmientos, más conocidos entre nosotros como los palos, quedaban esparcidos sobre los guijarros, entre los líneos. Recogerlos y ordenarlos se llama sarmentar. Los sarmientos se ataban con los palos más largos; la tarea de atar y trenzar también era cosa de los hombres.  

   Cuando tenía doce o trece años fui con nuestro hermano, vuestro tío Jesús, a sarmentar a jornal para el señor Modesto. El camino de ida y vuelta lo hacíamos en bicicleta, desde el empalme todo el campo es llano. Cogíamos la carretera de la casilla siguiendo por la de Aranda un trecho hasta dar al camino que sale a la izquierda y que llega a la Redreja, donde está el majuelo que sarmentábamos, actualmente plantado con cepas nuevas.

   Con nosotros iba también Simeón, un vecino ya un poco mayor. Una mañana de camino a la Redreja circulábamos por la carretera de Aranda y la pareja de la Guardia Civil de Torreadrada nos dio el alto. Al tío le pusieron una multa por llevarme en el transportín y a Simeón le multaron por ir por el lado contrario. Cuando se alejaron los guardias civiles seguimos nuestro camino. Simeón empezó a ir por la derecha, por la izquierda, por el medio, dando rienda suelta a su indignación o lo que fuere que le duró todo el día.
En un momento que estaba atando la mostela la suelta y dice "¡ tanto espigar para que venga el burro y se coma la manada!" trasladando la acción a lo que a veces ocurría cuando se espigaba.
El tío Jesús lo contaba con gracia de palabra y con ademanes. Este verano lo refirió un amigo porque fue bastante comentado en su momento.

   Con el dinero que gané de jornalera bajé a Peñafiel con Leo del señor Anselmo en el coche del Albarrán y me compré unos zapatos rojos, unos calcetines blancos cortos, una rebeca roja y un reclinatorio sustituto de la almohada que usaba para asistir a misa y al rosario. Todo lo estrené el Domingo de Ramos, cumpliendo con creces la tradición de estrenar algo.

Hoy dice el taco: "La ocasión hay que crearla, no esperar a que llegue." Francis Bacon.

Desde Palma, domingo 20 de marzo de 2016

3 de marzo de 2016

LA VENDIMIA EN VALTIENDAS EN TIEMPOS PASADOS


Tenía cierto interés por saber dónde hacían los cestos y he tenido la oportunidad de hablar con Felisa, esposa de Eusebio, que es de Moradillo. Me dice que ella veía a su abuelo hacer cestos con los mimbres que crecían en la zona de la ceña junto al arroyo. Él metía los mimbres en el agua para hacerlos manejables; hacía cestos de dos modelos: redondos lo mismo de abajo que de arriba y otros de base redonda que de la mitad para arriba se iban abriendo más. También hacía cestas y tanto estas como los cestos eran para uso propio.
Así que sigo preguntando y la tía  Mercedes me dice que nuestro padre, vuestro abuelo, iba a comprar los cestos a Fuentepiñel.

Las cepas podían ser afectadas por la enfermedad del mildeu-mildiu conocido como polvillo, si eran atacadas ya no daban fruto en esa cosecha. Para evitar la enfermedad se sulfataban las cepas dos veces, a primeros de junio y a últimos de agosto por San Agustín. Mi amiga Pilar lo recuerda y me lo cuenta de primera mano.

Había años que de pronto se preparaba una tormenta acompañada de nubarrones que descargaban granizo arrasando las viñas por donde pasaba. Del racimo de uvas solo quedaba el rampujo. Apedrear, granizar y pedrisco es lo mismo. También las heladas causaban daño a las cepas, os podéis imaginar, por entonces no había Seguro Agrario ni ayudas del Ministerio de Agricultura, así que cuando se perdía la cosecha de vino, que es lo que nos ocupa, los mayores lo vivían con resignación en la esperanza de que al año siguiente fuera mejor,¡claro!

Las viñas daban mucho de sí: después de la vendimia iban de fuera a rebuscar entre lo que hubiese quedado; más tarde entraban la ovejas que no dejaban ni una brizna que se pudiera comer; en enero se podaban las cepas. La siguiente labor era sarmentar, tarea dura consistente en recoger los palos cortados de las cepas hasta hacer un brazado que se trenzaba dando como resultado la mostela.

Con las mostelas se calentaba la gloria en invierno, se mantenía la lumbre para cocinar y las ascuas del braseo. Leo del señor Anselmo calentaba con las mostelas el horno del cocedero para cocer las hogazas, los bollos de la Pascua, las magdalenas día a día. También asaba el lechazo del día de la fiesta a todas las madres que se lo pedían. Como veis las mostelas eran necesarias para la vida ordinaria de la gente de Valtiendas. Antes y ahora las mostelas son insustituibles para asar las chuletas en la bodega.

Dice el taco: "La ventaja de enfrentarse a un muro es que puedes predecir en todo momento su reacción."

Desde Palma a 21 de febrero de 2016

4 de enero de 2016

LA VENDIMIA EN VALTIENDAS SEGUNDA PARTE

Entre las múltiples tareas de la vendimia estaba la de escoger los mejores racimos, los más sanos de tamaño mediano, de la clase blanca gallega, albilla o negra aragonesa. Por lo tanto esta labor le tocaba al más experto, se transportaban en las aguaderas para que no se lagareasen. Las aguaderas las subían a lomos del burro o de la burra según lo que tuviera cada cual.

En los machones del techo del sobrao o en otra estancia de la casa ya estaban puestos los atillos sujetos con puntas clavadas en la madera de la viga, de un extremo a otro. Así pues los racimos de dos en dos unidos por hilo de bramante o de algodón se colgaban de los atillos. Se conservaban durante bastante tiempo y era el postre diario en cada casa.
  

La comida se hacía en el majuelo al agrego de una pared, en un chozo o en una caseta que estaban diseminados entre las viñas. Aún se conserva alguna en buen estado, como el chozo del quejigar. También existía la figura del viñadero o guarda, persona encargada de vigilar que no entrase en las viñas gente ajena a coger uvas antes de vendimiar. La vuelta a casa muchas veces se hacía "en el coche de San Fernando un rato a pie y otro andando" era el dicho. 
Al final del día los hombres tenían que subir al lagar a pisar la uva. Iban vendimiadores de los pueblos cercanos de Segovia, los del norte, ya de Burgos, tenían sus propios viñedos.

Después de cenar había baile, el Tío Primo y su hijo Jesús, que en paz descansen, tocaban en la plaza que se llenaba de juventud, aunque hiciese frío la velada continuaba. Los mozos daban lagarejos a las mozas. Recuerda Catalina, una mallorquina de padre valtiendano, que de joven fue con sus padres y hermanas a la vendimia y a las tres les dieron lagarejos, de esto hace setenta años, mientras me habla de ello sonrie.

Los guijarros de mil formas y tamaños, originales, lisos, sin recovecos y muy abundantes forman parte del paisaje. Su tono marrón rojizo del mismo color de la tierra y el verde de las cepas, son una combinación perfecta, igual ocurre cuando las cepas están recién podadas. 
La tierra, los guijarros y las cepas son un conjunto y de esa unión sale el buen paladar del vino desde siempre en Valtiendas.

Hoy nos dice el taco. "No puedo concebir mayor tormento que estar solo en el paraíso"; Johan Wolfgang Goethe.


Palma a 23 de diciembre de 2015. 

6 de diciembre de 2015

LA VENDIMIA EN VALTIENDAS EN EL PASADO

Mi recuerdo de la vendimia en Valtiendas cuando era adolescente, quiero relatarlo por si os interesa a los jóvenes que no lo habeís vivido y también a quien esté interesado.
 
Las vísperas de la vendimia, los adultos padres o criados en algunos casos, hacían charcas en el arroyo para poner los cestos a remojar y así quitar el reseco de los mimbres. Los chiquillos teníamos unos días entretenimiento jugando a pasar de un cesto a otro a ser posible corriendo, si el cesto rodaba mejor! más de una vez caíamos al agua. También daban vacaciones en la escuela, pues todas las manos eran necesarias para la campaña de la vendimia.
 
El camino hasta el majuelo era largo, se hacía en el carro que iba lleno de cestos, dentro cabía una persona o dos adolescentes ¡claro el primer día! porque después los cestos se impregnaban de uvas aplastadas con su jugo pegajoso entre los mimbres y era incómodo. Un adulto desde el carro guiaba a la yunta de machos o burros que tiraban del carro.
 
Puesto el pie en el majuelo cada vendimiador con su garillo y el conacho se ponía en la primera cepa del líneo que tocaba. Los pequeños se llevaban un líneo y un conacho entre dos, cuando estaba lleno de racimos el adulto más próximo sacaba el conacho hasta donde se hallaban los cestos, que solía ser en los extremos del majuelo que lindaba con un camino, cañada o espacio libre sin labrar o rastrojo, para que pudiera pasar el carro.
 
Los cestos eran altos y se necesitaba fuerza para levantar el conacho. Cuando el cesto estaba lleno, lo abrazaban entre dos y lo bazuqueaban para que cupiese más uva. Subir los cestos al carro requería un gran esfuerzo físico por parte de los hombres. El que acarreaba el carro con los cestos iba y tornaba de la viña al lagar.
 
Si el tiempo era frío las manos se quedaban heladas y faltaba fuerza para cortar el racimo con el garillo. Si llovía se suspendía la tarea, en cuanto escampaba se retomaba, con la lluvia el agua se quedaba en las hojas y al ir a separarlas para ver el racimo salpicaban las gotas y te empapabas de arriba a abajo. Creo que la indumentaria no era la más adecuada para la tarea de vendimiar.
 
Si hacía calor, con el cuerpo que ya se había adaptado al tiempo de otoño, se podía correr el riesgo de coger galbana.
Por la mañana si se empezaba pronto a vendimiar era fácil que hubiera escarcha. He oído decir que algún año se vendimió con nieve, yo no lo recuerdo pero aquí queda. Como queda la primera parte porque continuará.
 
Hoy día tres de diciembre dice el taco: "Todas las batallas en la vida sirven para enseñarnos algo, inclusive aquellas que perdemos." Paulo Coelho.

Desde Palma, Concha.